07 diciembre 2010

Sueño profundo.

No se quitaba la vida por dolor. Imaginaba la muerte como un sueño profundo, de esos que te encuentras tan cansada que ni siquiera piensas, o sueñas. Tampoco era que estuviera cansada, no lo estaba. Era una niña feliz.

A sus 15 años jamás había sentido la necesidad de lastimarse, se amaba y se respetaba. Era por eso que lo hacía. Sacrificaba algunas cosas para conseguir lo que realmente necesitaba.

Tenía dos maravillosos padres. Estos le habían enseñado valores y regalado su cariño cada día que amanecía. No había ningún vacío, iba bien en la escuela, no odiaba a nadie, tenía estupendas amigas y ningún chico que le hubiera roto el corazón. No era la vida perfecta, pero estaba satisfecha.

Tal vez era eso. Estaba satisfecha y no había razón para continuar en ese lugar; era momento de avanzar. Sus ojos permanecían cerrados, ajenos a la oscuridad que se metía por la ventana de la recamara. Olía bien, el silencio que había regalaba  una melodía deliciosa. Su boca saboreaba su propia saliva, le antojaba algo dulce. Su cuerpo se dejaba llevar por el masaje que el aire le proporcionaba.

Recostada en la cama de su madre ingirió las pastillas. El coctel tenía desde aspirinas hasta tranquilizantes; todo lo que había podido encontrar en el botiquín. No sabía qué contenían, o que efectos le daba, ni le interesaba. Lo que importaba era que estaban dando resultado.

Su cuerpo comenzaba a sumergirse cada vez más sobre las sabanas. Sin frío. Sin calor. Disfrutaba cada reacción química que la liberaría. Así como la cicuta había curado a Sócrates, las pastillas hacían lo mismo por ella.

Pronto sintió desprenderse de su cuerpo, como si fuera un extraño gas que escapaba por la figura de carne y hueso por la boca, la naríz, los oídos. Una estructura solamente que la había resguardado desde su nacimiento. Su último suspiro no fue suyo, fue del mundo que se despedía de ella; deseándole éxito aún sabiendo que sería extrañada.

No se quitaba la vida por dolor, angustia o una banal experiencia. Sabía que ahí terminaba, que Alma Calzada dejaba de existir. Se quitaba la vida para dársela a alguien más, alguien que no estuviese satisfecho aún. Alguien que todavía le faltara mucho por vivir, por ser feliz.

No me quito la vida porque quiera huir. Se la regalo a alguien más, y espero que tú, mamá, tú, papá, logren entender.


Esas eran sus últimas palabras, lo último que escribiría en la hoja de papel que yacía junto con su estatua. Porque ya no era nada más que una estatua, una estructura sin nada.

06 noviembre 2010

Diarios de Julia. - Parte 1.

3 de  Octubre .

Siento que te veo por todos lados - doy la vuelta y ahí estás, quieta: mirándome - pero mis recuerdos me traen de nuevo a la tierra con su verdad. Ya no puedes estar detrás de mí, o mejor dicho, ya no quieres. 

Ayer me senté a esperarte en la banca del parque. ¿La recuerdas? Sí, esa en la que casi me golpeas por manchar tu blusa nueva. Pero la verdad que ese trozo de tela no te daba mucha justicia: no valía la pena que aún la tuvieras, creo que te hice un gran favor al destrozarla. Que suerte que escribo en mi diario y no una carta para ti, porque estoy segura que con eso último me matarías. Claro que una carta no me serviría de nada, ayer no llegaste, cuando creía que sí lo harías.

Lo siento. No sé cuantas veces escribí esa palabra en la hoja de papel que más tarde pasaría a tus manos. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Me sentí completamente estúpida al hacerlo, y más aun cuando ayer no vi tu figura acercarse a mí. Debo admitir que te odie, me dio rabia. Siempre te quejabas de que tú me dabas y yo no te devolvía. Ayer estaba dispuesta a hacerlo pero no me lo permitiste.

No me olvido de ese día. Tú crees que ya lo supere, pero no. Cada mañana la memoria me carcome el cerebro. No mentiré, he tratado de olvidarlo, porque al principio no creí que realmente valiera la pena. Sólo un accidente, un accidente que como el de la blusa, creí que te hacía un favor. ¿Qué digo? Sé que no quieres verme, sé que no querrás nunca, y lo merezco. Hoy lo entiendo, un año fue suficiente. Eres libre, no te buscaré más, hermana.

Atentamente: Julia.


El diario había llegado a su fin. La última hoja, las últimas palabras de su hermana. Todo el cuerpo le temblaba, y no era sólo por el frío, la manta de que llevaba puesta le cubría toda la piel del helado frío de invierno. La extrañaba, no podía engañar a nadie. Llevaba desde la tarde del miércoles dentro de su casa, escuchando todos los discos que su hermana había dejado. No sabía porque le dolía tanto, llevaba todo un año sin verla, sin hablarle, odiándola, no era como si su vida hubiera cambiado desde que le dieron la noticia.

-- Vengo a dar mi reporte del día. - voz gruesa a sus espaldas. - recibimos una llamada en la policía que nos puede ayudar.

-- No me basta, un testigo puede no servirnos de nada. - respondió con la misma voz monótona que tenía desde el accidente del año pasado.

-- Esto toma tiempo. Cosas como esta no se resuelven de la noche a la mañana, tienes que ser paciente.

-- No me pidas que sea paciente, sé lo que paso y no siguen "mi pista". - fue inevitable no gritarle aquellas palabras.

-- Lo que dice en su diario puede ser solo una coincidencia. - respondió con tranquilidad, ignorando que lo anterior iba con intención de insultarlo - Una civil no puede desaparecer sin dejar un rastro muy obvio, y después de un mes de búsqueda, ambos sabemos que el rastro no ha sido fácil.

-- Ambos sabemos que no es cualquier civil - dijo con aspereza.

Sin decir nada más, el hombre se marchó. Ella tomó nuevamente el diario, y comenzó a leerlo nuevamente, desde el principio. No quería perdonar a su hermana por lo que había hecho, pero tampoco quería seguir viviendo como si ella estuviera muerta. Por más escurridiza que fuera, sabía que un día la encontraría.