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16 diciembre 2011

Su perfección

Sonreía.

Es todo lo que recuerdo. Por un momento me pareció que me miraba directo a los ojos.
En definitiva, sobresalía entre el resto.

Era primavera, y yo sólo la veía a ella.
               Su pequeño pie, sus diminutos orejas; no estaba destinada a ser una anciana.
               Sus facciones jamás serían gruesas.

               No conocería el trabajo de una criada,
               no necesitaría del mantenimiento de su belleza.

Como la relación que mantuve con su madre: espontánea; un día existió y era perfecta...
               Pero la perfección siempre guarda un secreto,
               un trato con la modestia.

Ahora

Subterránea, en su suelo yerguen flores.                               Porque la perfección,
                                                                                           no puedes ser humana.

23 enero 2011

Melancolía dorada.

Como aquel globo en mi ventana, en forma de estrella. Dorado, atraía a la vista. Un día se atoró en el techo y se volvió parte de mi paisaje. La historia del porqué es curiosa, un juego de niños. Al principio fue divertido, lo veíamos con un reto. Pero no había forma de regresarle a nuestras manos. Le extrañábamos, pudimos haberle ayudado a escapar pero en nuestro afán de tenerlo para nosotros, se rompió. El helio se le escapó y perdió su forma, ya no lo reconocíamos. Nos vencimos, ya no había forma de sacarlo de ahí.

Hoy parece que quiere huir con el viento, pero su hilo lo mantiene atado a su viga. A veces me le quedo observando durante largo tiempo, lo he adoptado como una especie de terapia. Otros días se da por vencido, parece que piensa y sabe que jamás se soltará; es realista.

Como el globo dorado, todas las mañanas me recuerda que es culpa nuestra que este ahí, aprisionado e inalcanzable para siempre.

09 enero 2011

Receta para un día nublado.

7:30 am. Suena la alarma. Te levantas, te bañas, te vistes. El cielo está gris, desafortunadamente.

Trece escalones, 25 pasos: llega a la cocina. Una taza, 1/4 de leche, un sobrecito Splenda, otro de Coffee Mate media cucharadita de café instantáneo. Guardas la leche, calientas en el microondas. 40 segundos no te gusta muy caliente Pip pip pip.

Es sábado y quieres volver a la cama pero la rutina te ha hecho olvidar apagar la alarma; quieres espantar el poco sueño que te queda con el café. El control en tu mano, vaciar la mente podría servir. No tardas más de 10 minutos para aburrirte y apagar aquella caja que transmite imágenes inútiles para ti. Un sorbo de café. Decides leer.

No hay periódico y tu mente realmente no está para comenzar una novela. La revista de Rolling Stones te facilita el día. No hay nada que te interese, sólo un articulo sobre la última entrevista de John Lennon demasiado largo para querer realmente leerlo en ese momento. El café ya va a la mitad.

No sabes la razón, pero esa mezcla de cafeína y lactosa te hace sentir mejor. Se ha vuelto una droga, lo sabes y no quieres dejarla. Cada que tu lengua lo toca, baja por tu esófago y crees sentir como calienta tu estómago es una delicia, un alivio.

El fondo blanco de la taza ya se ve, no queda más que una gota y todo se viene abajo. El hambre de la mañana se confunde con el hueco en el estómago que comienzas a sentir. Tienes ganas de tirar la taza, destrozarla y hacerla añicos por crearte la falsa fantasía de que todo estaba bien. Lo haces, pero suavemente y sobre la superficie de la mesita de centro de tu sala. Tu mente se pone en contra tuya, nuevamente.

"Lo haremos todo, todo, por nuestra cuenta. No necesitamos nada, ni a nadie... ¿mentirías conmigo?" La letra  de la canción te persigue; la haz traducido ayer tratando de entenderla. "¡Miente conmigo! ¡Miente por mí!" Repites una y otra vez en silencio, luego un sencillo "Vuelve" Duele. Y esta vez una taza de café no podrá esconderlo.





La canción mencionada en el relato es: Chasing Cars del grupo Snowpatrol. 
Letra y video: Chasing Cars. 
(El fragmento original que aparece el texto es "We'll do it all / everything / on our own / We don't need / anything / or anyone (...) / Would you lie with me (...)"

07 diciembre 2010

Sueño profundo.

No se quitaba la vida por dolor. Imaginaba la muerte como un sueño profundo, de esos que te encuentras tan cansada que ni siquiera piensas, o sueñas. Tampoco era que estuviera cansada, no lo estaba. Era una niña feliz.

A sus 15 años jamás había sentido la necesidad de lastimarse, se amaba y se respetaba. Era por eso que lo hacía. Sacrificaba algunas cosas para conseguir lo que realmente necesitaba.

Tenía dos maravillosos padres. Estos le habían enseñado valores y regalado su cariño cada día que amanecía. No había ningún vacío, iba bien en la escuela, no odiaba a nadie, tenía estupendas amigas y ningún chico que le hubiera roto el corazón. No era la vida perfecta, pero estaba satisfecha.

Tal vez era eso. Estaba satisfecha y no había razón para continuar en ese lugar; era momento de avanzar. Sus ojos permanecían cerrados, ajenos a la oscuridad que se metía por la ventana de la recamara. Olía bien, el silencio que había regalaba  una melodía deliciosa. Su boca saboreaba su propia saliva, le antojaba algo dulce. Su cuerpo se dejaba llevar por el masaje que el aire le proporcionaba.

Recostada en la cama de su madre ingirió las pastillas. El coctel tenía desde aspirinas hasta tranquilizantes; todo lo que había podido encontrar en el botiquín. No sabía qué contenían, o que efectos le daba, ni le interesaba. Lo que importaba era que estaban dando resultado.

Su cuerpo comenzaba a sumergirse cada vez más sobre las sabanas. Sin frío. Sin calor. Disfrutaba cada reacción química que la liberaría. Así como la cicuta había curado a Sócrates, las pastillas hacían lo mismo por ella.

Pronto sintió desprenderse de su cuerpo, como si fuera un extraño gas que escapaba por la figura de carne y hueso por la boca, la naríz, los oídos. Una estructura solamente que la había resguardado desde su nacimiento. Su último suspiro no fue suyo, fue del mundo que se despedía de ella; deseándole éxito aún sabiendo que sería extrañada.

No se quitaba la vida por dolor, angustia o una banal experiencia. Sabía que ahí terminaba, que Alma Calzada dejaba de existir. Se quitaba la vida para dársela a alguien más, alguien que no estuviese satisfecho aún. Alguien que todavía le faltara mucho por vivir, por ser feliz.

No me quito la vida porque quiera huir. Se la regalo a alguien más, y espero que tú, mamá, tú, papá, logren entender.


Esas eran sus últimas palabras, lo último que escribiría en la hoja de papel que yacía junto con su estatua. Porque ya no era nada más que una estatua, una estructura sin nada.

28 octubre 2010

La mariposa blanca.

La conversación que se llevaba a cabo no tenía ninguna lógica para él. De vez en cuando sus oídos recibían ruidos cercanos a las palabras, sonidos sin un sentido claro. Por supuesto que no era culpa de quienes los proferían, sino de su mente, que siempre se negaba a mantenerse cerca de su cuerpo.
No diremos que se distrajo con cierto aleteo - distraído ya estaba desde que comenzó la plática - pero sí fueron dos alas blancas en lo que su mente se detuvo. Sin pensarlo, como si el instinto se hubiera apoderado de él, sus manos alcanzaron al animal y por unos segundos lo encerraron. En cuanto la jaula de piel y músculo se abrió, la mariposa blanca - tal vez aterrada - permaneció quieta durante unos segundos.

                                                                                                                    Él sonrió                         y al poco rato                                                 ella voló: otra vez.