No se quitaba la vida por dolor. Imaginaba la muerte como un sueño profundo, de esos que te encuentras tan cansada que ni siquiera piensas, o sueñas. Tampoco era que estuviera cansada, no lo estaba. Era una niña feliz.
A sus 15 años jamás había sentido la necesidad de lastimarse, se amaba y se respetaba. Era por eso que lo hacía. Sacrificaba algunas cosas para conseguir lo que realmente necesitaba.
Tenía dos maravillosos padres. Estos le habían enseñado valores y regalado su cariño cada día que amanecía. No había ningún vacío, iba bien en la escuela, no odiaba a nadie, tenía estupendas amigas y ningún chico que le hubiera roto el corazón. No era la vida perfecta, pero estaba satisfecha.
Tal vez era eso. Estaba satisfecha y no había razón para continuar en ese lugar; era momento de avanzar. Sus ojos permanecían cerrados, ajenos a la oscuridad que se metía por la ventana de la recamara. Olía bien, el silencio que había regalaba una melodía deliciosa. Su boca saboreaba su propia saliva, le antojaba algo dulce. Su cuerpo se dejaba llevar por el masaje que el aire le proporcionaba.
Recostada en la cama de su madre ingirió las pastillas. El coctel tenía desde aspirinas hasta tranquilizantes; todo lo que había podido encontrar en el botiquín. No sabía qué contenían, o que efectos le daba, ni le interesaba. Lo que importaba era que estaban dando resultado.
Su cuerpo comenzaba a sumergirse cada vez más sobre las sabanas. Sin frío. Sin calor. Disfrutaba cada reacción química que la liberaría. Así como la cicuta había curado a Sócrates, las pastillas hacían lo mismo por ella.
Pronto sintió desprenderse de su cuerpo, como si fuera un extraño gas que escapaba por la figura de carne y hueso por la boca, la naríz, los oídos. Una estructura solamente que la había resguardado desde su nacimiento. Su último suspiro no fue suyo, fue del mundo que se despedía de ella; deseándole éxito aún sabiendo que sería extrañada.
No se quitaba la vida por dolor, angustia o una banal experiencia. Sabía que ahí terminaba, que Alma Calzada dejaba de existir. Se quitaba la vida para dársela a alguien más, alguien que no estuviese satisfecho aún. Alguien que todavía le faltara mucho por vivir, por ser feliz.
No me quito la vida porque quiera huir. Se la regalo a alguien más, y espero que tú, mamá, tú, papá, logren entender.
Esas eran sus últimas palabras, lo último que escribiría en la hoja de papel que yacía junto con su estatua. Porque ya no era nada más que una estatua, una estructura sin nada.